La inauguración del Estadio Kukulcán, que debía ser una fiesta deportiva, se convirtió en un incómodo recordatorio para Rommel Pacheco: la política no perdona. Durante el juego entre los Leones de Yucatán y los Bravos de León, el exclavadista fue recibido con una sonora rechifla apenas se mencionó su nombre ante el público.
El mensaje fue claro y directo: los aplausos que alguna vez ganó en el deporte no le alcanzan en el terreno político. Rommel ha intentado trasladar su imagen de campeón a los cargos públicos, pero la ciudadanía ya no se deja impresionar solo por trayectorias deportivas ni por rostros conocidos sin resultados.
Los abucheos no fueron casualidad. Sus saltos de partido en partido, más que de plataforma en plataforma, le han pasado factura. La gente ya no aplaude los clavados políticos, mucho menos cuando son por conveniencia y no por convicción.

