
Una marea de colores, aromas y cantos inundó los cementerios de la ciudad este primero de noviembre, transformando el silencio habitual de las tumbas en una fiesta de recuerdos y devoción.
Desde las primeras horas del día, miles de laguneros acudieron a los panteones municipales y privados para reencontrarse con sus seres queridos, cargados de palas, escobas, cubetas de agua y un entusiasmo desbordante por embellecer la última morada de quienes ya partieron.
El gris del mármol y el cemento desapareció por completo debajo de un tapete natural de tonalidades vibrantes, donde el color naranja encendido de la flor de cempasúchil, el morado intenso de la pata de león y el blanco puro de las nubes cobraron protagonismo.
Powered by WPeMatico


